Cuando Hegel decía que todo lo racional es real y que todo lo real es racional se refería a que lo que existe, se justifica en un nivel racional; a su vez, lo racional, lo que entra en el ámbito de lo lógicamente aceptable, no tardará en manifestarse como realidad. Si pensamos que las noticias propaladas en los diarios chicha se ubican dentro de lo normal, dentro de lo lógicamente aceptable, entonces, no tardará en manifestarse como realidad en nuestro mundo familiar. Así entonces, podemos decir, que lo que no existe, lo que no logra objetivarse, sencillamente, no existe. Del mismo modo, aquello que consideramos como lo concreto, el hecho en sí, no es más que la determinación de lo racional, es decir, que nos damos cuenta que algo existe porque, de antemano, tenemos puesto un lente, un modo de ver, lógicamente justificado que nos permite ver el fenómeno, de otro modo no nos sería posible evidenciar el fenómeno, el hecho en sí. Por ejemplo, uno que jamás ha escuchado el inglés, no tendrá idea de qué idioma es, le parecerá sonidos extraños, no podrá determinar hasta dónde acaba una palabra y dónde comienza otra, asumirá como sonidos ininteligibles; todo lo contrario sucederá si la persona está entrenada en el idioma inglés, podrá captar las palabras claramente y, por tanto, entenderá el mensaje. Entonces, lo que aquí pretendemos evidenciar es el soporte teórico, la base conceptual, el armazón lógico, la estructura de pensamiento que tenemos para, partiendo de ahí, manifestarnos con nuestras acciones, donde creemos que somos realmente.
Creemos, a su vez, que esbozar una problemática, implica ya el compromiso en su solución, su misma formulación, es ya parte de esa solución. De esta manera, al esbozar el modo de concebir la historia en la cotidianeidad, también estamos esbozando nuestra manera de ver sobre los problemas actuales, aunque no podamos arribar a conclusiones definitivas. Es, desde su propia formulación, un buscar respuestas a lo que por ahora es caótico, un desorden, es un racionalizar de aquello que existe y determina nuestros actos, es un reconocimiento de que lo que tenemos es insuficiente. Por lo tanto, creemos que el análisis es válido, por cuanto trata de reflexionar desde el lado filosófico los problemas de aplicación práctica. Este es, pues, nuestro objetivo.
1. La historia que se desenvuelve en forma circular, cíclica; donde la historia ya estaría de antemano establecida. En ese sentido, permanece anclada al pasado.
2. La historia relativista; donde se pierde toda noción de totalidad, y se cae por consiguiente en un relativismo absoluto, donde la verdad vendría a ser una especie de gustos y pareceres exclusivamente individuales. Dicho modo de concebir la historia se inscribe dentro del manejo del presente inmediatista.
3. La historia como ciencia, cuyo desenvolvimiento es de desarrollo constante, y en espiral hasta el infinito, en el que nada es casual y los hechos históricos vendrían a ser algo así como el producto de algo intrínsicamente contradictorio.
Para cada caso, tomaremos a los autores más relevantes que tenemos a mano. Para el primer caso tomaremos “El mito del eterno retorno” de Mircea Eliade; para el segundo caso, “La sociedad abierta y sus enemigos” de Kart Popper y; para el tercero, “Introducción a la filosofía del derecho” de Kart Marx.
1. Eliade considera a este modo de abordar la historia en relación directa con el mundo arcaico, en el que el hombre busca, a través de mitos, arquetipos, rituales, tradiciones, etc., una correspondencia con la naturaleza eterna, cumplir el destino inexorable que nos es desconocido y al que podemos llegar sólo repitiendo una y otra vez lo que ya está establecido en un comienzo misterioso. En cualquier caso, los actos humanos se consideran y tienen sentido sí y sólo sí participan de esta anulación del tiempo, del futuro.
De acuerdo a este modo de concebir, el hombre huye con pavor del futuro, rechaza el movimiento, el cambio, se aferra a lo establecido al que pretende perennizar repitiendo arquetipos, modelos que considera ideales, perfectos, inalterables. El hombre se halla esclavo del pasado, por cuanto, su destino no está en sus manos y sólo se sentirá seguro en la medida que repita lo que la sociedad le ha condicionado de antemano como verdad.
La “mentalidad arcaica” rechaza registrar el paso del tiempo, vive en el paraíso de los arquetipos. Sin embargo, añade Eliade, tal negación “…no ocurre por una nostalgia de los orígenes, entendido éstos como un retorno a la perdida animalidad, cuanto por una auténtica sed de absoluto… Así, la historia, el tiempo del devenir histórico es un mundo irreal, es la nada, y ha de ser rechazada para no perder el contacto con el ser”[1].
Es común observar que los seres humanos tendemos a crear un orden, y el orden es clasificación, jerarquización, estructura, tiene un alma, un espíritu, un modo de vivir y sentir, se sostiene en una serie de patrones, racionales y míticos, que configuran todo un mundo en cierto modo arbitrario, tal vez fueron estas consideraciones las que llevaron a los franceses a enjuiciar todo desde un punto de vista cultural, dejando a un lado el lado científico del asunto, el lado material que determina la configuración cultural en última instancia. El asunto está en que dicho orden es en realidad, una lucha perenne contra el desorden, el caos; el orden en sí es absoluto, racional, lógico, normal. Así, los arquetipos resisten al tiempo como seres absolutos, ideales a los cuales hay que imitar. Los arquetipos se hacen tales porque anulan el tiempo, se aferran al pasado, a lo absoluto.
Luego, si de imitar y repetir se tratan los actos humanos, el hombre no es tal; es decir, no se reconoce a sí mismo sino en la medida en que deja de ser él mismo. El cambio y transformación es admitida y registrada sólo biológicamente y, a la vez, es reprimida para que su conciencia no sufra su “corrosiva acción”. Su destino es ser para otro (en este caso, la sociedad históricamente determinada). Sus actos no valen nada si son originales, no importa lo que se piense o sienta como individuo, por el contrario, repetir lo ya hecho es bueno y sagrado, en el pasado está la voluntad, la razón y se afirma con el presente y el futuro, de ahí su constante repetición.
Así, Parménides, en oposición a Heráclito rechaza el mundo sensible como verdadero y busca en las entidades eternas, absolutas lo verdadero, establece el principio fundamental de la lógica formal: el principio de identidad, principio que anula toda posibilidad de que una cosa se transforme.
Platón, siguiendo esta línea va a proponer “el mundo de las ideas” como lo absolutamente verdadero, tomando al mundo real como simple apariencia, como una copia degenerada de ese mundo absoluto e inmutable.
Aristóteles y luego, el cristianismo, basados fundamentalmente en el principio de identidad, tienden a negar y reprimir consecuentemente el mundo real, material. Para Aristóteles el mundo se halla gobernado por Dios, los ángeles, los amos y así sucesivamente en una estructura piramidal jerarquizada hasta el absurdo. El cristianismo toma esta naturaleza material como fuente de pecado, como el lugar del diablo, hay que rechazar la realidad, la realidad donde el hombre ha de reprimir su corporeidad para llegar a Dios y buscar el cielo como paraíso, como meta. Así, en este mundo, tiene que buscarse el sufrimiento para redimir el pecado original, si tienes hambre y miseria, está bien, pues así estás redimiéndote y alcanzando un lugar en el cielo.
Otro ángulo de la dicha “mentalidad arcaica”, según Eliade, es la idea de la “regeneración del tiempo”. La regeneración supone restauración, un renacer, un nuevo nacimiento, supone olvidar todo lo pasado y de nuevo empezar, otro ciclo. Esto se podría verificar en muchas tradiciones y ritos que mucha gente mantiene. Por ejemplo, la fiesta del Año Nuevo presume la idea de la anulación del año pasado, la anulación del tiempo pasado, degenerado y de empezar otro completamente nuevo, purificado. Otros ejemplos tenemos en los ritos religiosos y en las costumbres tradicionales que abundan en nuestros pueblos, y que en general, son ritos de antiguo y modernos, siempre ritos al fin y al cabo, pero siempre rehuyendo a racionalizar la experiencia, a sacar lecciones.
Sin embargo, ante la imposibilidad de anular el tiempo, ante la irreversibilidad de los acontecimientos históricos, el cristiano soporta como una tragedia, como sufrimiento que es necesario llevar con la esperanza de que cesará definitivamente en un tiempo más o menos lejano.
En cualquier caso, la mentalidad arcaica, por lo mismo que imita y repite lo ya hecho por otros, se muestra ajeno a sí mismo, no se halla en sí mismo y se justifica en otros.
2. Karl Popper, a su vez, en “La sociedad abierta y sus enemigos” postula que la historia no se puede pretender totalizadora, propone que el historicismo ha caducado como ciencia por creerse futuróloga, profetizadora y que en su lugar debe sustituirle una disciplina; en lugar de historiadores, ingenieros sociales graduales, técnicos que toman el devenir de los hechos históricos no como producto del pasado, sino enteramente del presente, frente a las cuales seriamos dueños absolutos de nuestro destino, y que su continuación está completamente en nuestras manos, dependen absolutamente de nuestra voluntad. Éstos técnicos no estarían en estas disquisiciones metafísicas de encontrarle el sentido al hecho histórico, la verdad del hecho histórico, pues tales interrogantes nos llevarían a apasionarnos y, “consecuentemente”, a conflictos y guerras. En este sentido, la tarea del técnico es darle funcionalidad al presente inmediato, sin necesidad de averiguar el origen metafísico o tendencia histórica.
De la misma manera que un técnico no se pregunta sobre el sentido total de la máquina que tiene en sus manos, sino que se limita a darle funcionalidad, a arreglar en caso se malogre sin importar las consecuencias sociales, limitándose únicamente a su funcionalidad inmediata, así también el ingeniero social no debe preguntarse sobre las causas últimas de los problemas que tiene entre manos y, cual técnico que manipula los instrumentos para transformar el objeto, el ingeniero social debe manipular la historia como un objeto exterior a él mismo, “… el ingeniero encara racionalmente el estudio de las instituciones como medios al servicio de determinados fines y que, en su carácter de tecnólogo, las juzga enteramente de acuerdo con su propiedad, su eficacia, su simplicidad…”[2].
Así, lo que cuenta es sólo el presente inmediato, renunciando por completo a la capacidad generalizadora que impulsa al hombre a buscar los fundamentos últimos de todo quehacer histórico, una renuncia, por así decirlo, a la historia como tal, una sustitución de la historia por el relato, una renuncia a la metafísica de la historia.
El presente se asume como el instante incausado. Es en el fondo, la insistencia en la lógica aristotélica, basada en axiomas, en supuestos. Una forma de encubrimiento de los supuestos, la aceptación acrítica del presente.
3. Marx, a su vez, en La Ideología alemana, señala claramente el modo cómo concibe la historia. Parte de que la filosofía tiene como objeto de estudio las leyes más generales del movimiento de la materia. Así, “Allí donde termina la especulación en la vida real, comienza también la ciencia real y positiva, la exposición de la acción práctica, del proceso práctico de desarrollo de los hombres. Terminan allí las frases sobre la conciencia y pasa a ocupar su sitio el saber real. La filosofía independiente pierde, con la exposición de la realidad, el medio en que puede existir.”[3]
Si creemos en la ciencia como el medio que nos permite transformar la realidad en provecho nuestro, entonces, eso que es válido para las ciencias naturales, es completamente aplicable a la naturaleza social, por así decirlo. Es decir, si es válido para la cosas, por qué no podría serlo para los humanos, el problema está en que, evidentemente, siendo que los humanos vivimos en situaciones que nos colocan en intereses opuestos, y consiguientemente, valores opuestos, lo que es bueno, justo y racional para uno, es malo, injusto e irracional para otro, pero eso no invalida el carácter científico del hecho, la evidencia misma. La ciencia histórica, en consecuencia, tiene que mostrarse por encima de estas consideraciones valorativas y enjuiciar los hechos históricos tal cual. De otro modo se caería en el absurdo de afirmar la ciencia en algunos aspectos y en otros no. La ciencia es ciencia por que es general, de carácter universal, total, ese es el saber humano y no otra cosa.
El idealismo se ha caracterizado por buscar las premisas del pensar, el contenido del pensar en el pensamiento mismo. En efecto, se asume al hombre aislado o desligado de su acción recíproca sobre otros hombres con los cuales establece determinadas relaciones sociales, se soslaya asimismo, su acción sobre la naturaleza que se concreta en la industria. Así, dice Marx “… en cada una de las fases (de la historia) se encuentra un resultado material, una suma de fuerzas de producción, una relación históricamente creada por la naturaleza y entre unos y otros individuos, que cada generación transfiere a la que le sigue, una masa de fuerzas productivas, capitales, circunstancias, que, aunque de una parte sean modificados por la nueva generación, dictan a ésta, de otra parte, sus propias condiciones de vida y le imprimen un determinado desarrollo, un carácter especial; de que, por tanto, las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias”[4]. Es decir, la realidad como conjunto de relaciones sociales dadas entre los hombres y en relación con la naturaleza, condicionan al individuo, lo influyen, toda nuestra acción práctica es aprendida, es tomado de la sociedad. La conciencia es un producto social y va alcanzando mayores niveles de abstracción en la medida en que la riqueza de sus relaciones sociales se hagan más ricas en contenido, la conciencia nace ya tarado de esa realidad. En este sentido se entiende que somos producto del pasado y, el futuro depende de lo que hoy hagamos. Para entender los problemas de la época, no hay modo sino de comprender las relaciones sociales dominantes en estos momentos, lo que a su vez, son el resultado del pasado.
Desde otro ángulo, podríamos decir, el hombre para poder hablar de historia, de filosofía, o de lo que se le dé la gana, antes debe estar en condiciones, no sólo de vivir, sino de una capacidad de reproducir la vida material que lleva, y esta vida material que lleva no lo puede hacer aislado, sino en sociedad, manteniendo y creando determinadas relaciones, sólo así, llegado el momento, le permite dedicarse a la historia, a la filosofía, etc. Esto, afirma Marx, es una verdad empírica, por lo tanto, con rigor científico. Por más abstracto que sea el pensamiento, siempre se asienta sobre esta realidad material.
Así, las premisas, las causas, si se quiere, de un modo de pensar, no hay que buscarlas en el pensamiento mismo sino en el conjunto de relaciones sociales que le dieron vida. Sólo de esta manera nos convertimos en sujetos responsables, dueños de nuestro destino. Ya el hombre no tiene porqué echar la culpa de sus desgracias a entidades ajenas a él mismo, sino que el hombre aprende a ser hombre en el medida que se conoce tal cual es.
En el modo popperiano, la historia instrumentalizada, lleva al hombre a su cosificación, es decir, el ingeniero social, al colocarse por encima de la sociedad, en una suerte de ser privilegiado (por decir lo menos), descubre la verdad de un modo contemplativo. Pero el contemplar es en sí mismo ser copado por el objeto, como lo dijera Hegel[5], el objeto le determina al sujeto. El sujeto es, por lo tanto, cosificado. Como ejemplo, podemos decir, el arquetipo de hombre de la sociedad capitalista, es el hombre poseedor de objetos, de riquezas, de modas, de todo aquello que no es él mismo, estos determinan lo que él es en esencia.
Por el contrario, el marxismo, al comprometer de un modo dialéctico la totalidad de lo existente (la materia), coloca al hombre en su verdadera dimensión, le vuelve hacia sí mismo, sin fetichismos, lo humano está en la capacidad de transformar la realidad. El hombre se determina a sí mismo como hombre, no como objeto.
En rechazo a la crítica popperiana arriba señalada, podemos decir, además, que Marx se muestra decididamente contrario a cualquier consideración determinista, teleologista de la historia. El futuro no reside en semilla en el presente. El futuro no es fin del pasado en el sentido aristotélico. No es que todo ya está determinado y que las “leyes inexorables” señaladas por Marx han de cumplirse como una profecía.
Lo que plantea Marx como comunismo “no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad”, sino “al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”[6], y ¿cuál es el estado de cosas actual? Se refiere evidentemente, a la sociedad en que los individuos al extender sus actividades a un plano universal, se hallan cada vez más sometidos por un poder que les es completamente extraño: el mercado mundial. Es decir, lo que Marx analiza es la sociedad que descansa sobre la propiedad privada. La riqueza de las relaciones sociales (llámese ciencia, tecnología, etc.) nos dan la posibilidad de “predecir”, de mirar procesos, de no limitarnos al período de nuestra sola existencia. Los procesos se dan, las tendencias se construyen y los hombres como seres sociales, dependen cada vez más unos de otros[7]. De manera que, lo que Marx analiza no es sino la fase en la que el hombre es dominado por lo que él mismo ha creado: el mercado mundial (el objeto que cosifica al hombre), que no es absoluto y eterno, lo que, de donde se mire, genera contradicciones insalvables que llevarían a la extinción del hombre como especie. En ninguno de sus escritos Marx predice el futuro, reitero, lo que analiza, son procesos, en este caso, el proceso histórico producto de las relaciones sociales basados en la propiedad privada. Lo que en adelante suceda no es posible comprenderla, aún no se sabe simplemente, pero en modo alguno significa que no se sabrá jamás. Con lo que, y aquí termino, el comunismo, de lo que se sabe, es una sociedad en lo que lo peculiar es la no existencia de la propiedad privada, pero de ninguna manera significa el paraíso celestial cristiano, libre de contradicciones, algo así como la contemplación pura, esto, por supuesto, es absurdo.
De este modo, consideramos, que dentro de la vida cotidiana de los tiempos actuales, en nuestra sociedad, se practican consciente o inconscientemente estas tres concepciones históricas. Cada una de nuestras acciones, ineludiblemente, están, si se quiere, mediadas, configuradas por estas tres concepciones. Así, existen personas que viven aferrados al pasado, “todo pasado fue mejor” arguyen, apelando a una supuesta originalidad, y los errores se repiten constantemente puesto que no están en las manos de los hombres cambiar la historia. Así es y así será ineluctablemente en todos los tiempos, nada nuevo hay bajo el sol.
También las hay quienes viven el presente inmediato, ajenos por completo al mundo que los rodea y a lo que el futuro nos depara, renunciando, además, a ejercer esa divinidad racional que el hombre tiene, dominados por el tener, por el poseer, reconocen en el otro un objeto más al que hay que dominar y someter. Limitan la ciencia a un campo reducido, donde les conviene. En esta lógica, unos ganan y la mayoría pierde, pero no siempre se gana, y la competencia sin fin los destruirá un día y, así, los ganadores serán cada vez más pocos que someten a una gran mayoría, convirtiendo la historia humana en una tragedia larga, penosa, dramática, inhumana, por cuanto no se elevan más allá de los deseos primarios.
[1] Mircea Eliade. El mito del eterno retorno. Edito. Planeta. México, 1985. (la cursiva es nuestra)
[2] kart Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Editorial Paidós, Barcelona, 1982. pp. 38.
[3] C. Marx. La ideología alemana. Edit. Pueblos Unidos. Montevideo, 1958. pp. 27.
[4] Idem. Pp 41
[5] Hegel. Fenomenología del Espíritu. FCE, 1987.
[6] Idem. Pp. 37
[7] Al respecto, en relación a la Globalización, el Dr. Manuel Galván señalaba la mayor socialización de la producción a contraparte de la reducción de la producción individual.

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